Roberta era una pequeña mariquita de color rosado que vivía junto a sus hermanas y sus padres en un pequeño agujerito de un jardín cercano a un arroyo. Roberta no era como el resto de sus hermanas. Al salir del cascarón se hizo daño en una pata y tardó mucho en aprender a caminar. Sus hermanas se habían reído mucho de ella “Roberta, patituerta nunca saldrás por esa puerta” y así, aunque poco a poco Roberta aprendió a caminar perfectamente, nunca se atrevió a salir de su agujero. Su mamá la seguía alimentando aunque ya era lo suficientemente mayor y capaz de conseguir alimento por si misma. Pasaba las tardes de sábado tumbada en su escondite y mirando hacia la salida de su madriguera. Roberta imaginaba que salía volando de aquel agujero, que sentía el viento en sus alas, que bebía agua fresca del arroyo. Soñaba que era feliz, bella y ligera como las demás… Pero nunca se atrevía a salir de allí. Estaba calentita y segura, sabía que nada malo allí podría ocurrirle. ¿y si fuera volvía a lastimarse otra patita? sus hermanas volverían a burlarse de ella… y ya era muy mayor, puede que no lograra recuperarse… pero siempre sentía una vocecita en su interior, una vocecita ya muy débil porque había estado ahogándola durante años, una vocecita que le repetía: “sal, hay un mundo fuera para ti, cada momento que pasas aquí dentro imaginando que vives la vida ahí fuera es un momento precioso que estás desperdiciando… tu imaginación no te proporcionará la sensación de la brisa en tu cara, ni el olor de las flores en primavera, no calmará tu sed con el agua fresca del arroyo, ni acariciará tu cuerpo con la hierba fresca… sal de aquí Roberta, vive, porque la vida está hecha de esas sensaciones que tu tanto temes conocer…”.
Pero Roberta tenía mucho miedo. Muchas noches las pesadillas la atemorizaban y no la dejaban dormir. Soñaba mil peligros que le acechaban fuera. Se encontraba sola, indefensa y en la oscuridad. Una tarde de Sábado se encontraba como siempre tumbada en su agujero imaginando el mundo cuando de repente vio que alguien entraba en su madriguera. No era ningún familiar ni amigo conocidos. Era una libélula alegre y juguetona que había entrado a curiosear en la madriguera. Sonrió y se dirigió a Roberta – “hola pequeña habitante de la madriguera, ¿qué haces aquí metida sin disfrutar del día tan hermoso que espera ahí fuera?” Roberta estaba muy asustada, estaba sola en su madriguera, todos los demás se hallaban fuera jugando en el arroyo. “No quiero sali, – balbuceó- hace mucho calor y el sol derretiría mis alas”. La libélula puso cara de asombro, movió hacia atrás la cabeza, pensó un instante y después dijo: ” el sol no es tan fuerte, ahora mismo es cálido y placentero, trata con mimo las hierbas y las flores, y también nos tratará con mimo a nosotros. Si tienes miedo yo volaré sobre ti, así te protegeré del sol hasta que estés segura”. Roberta se retorcía sobre si misma, no quería admitir que le daba miedo lo desconocido, el mundo exterior, improvisó otra excusa en el momento: “es que no me encuentro muy bien, me duele la cabeza y la tripa, he debido de pasar frío…” a lo que la libélula respondió: “Nada mejor para recuperarte de tu mal que el agua fresca del arroyo de ahí fuera, ¡es milagrosa!. Ven conmigo, te la mostraré…” y extendió una patita hacia Roberta… Roberta estaba muy asustada, ya no sabía que más decir… se sentía acorralada, no quería admitir que tenía miedo, pero tampoco quería salir ahí afuera… de repente en un momento de despiste notó un golpe seco tras de si, se giró y vio a la libélula en el suelo muy cerca de ella. Su papá estaba de pie junto a ella. “Roberta, cariño, ¿estás bien? ha sido una suerte que haya vuelto en este momento,¡he pillado a esta libélula que estaba a punto de comerte!” Entonces Roberta se dio cuenta de todo, la libélula había tratado de camelarla para atraerla hacia sí y después comérsela. El suelo se movía bajo sus pies, ¡tampoco su madriguera era segura! fue entonces cuando comprendió que ningún lugar lo era, que lo más seguro para ella era estar junto a quien la quería, dentro o fuera de la madriguera, cerca o lejos de casa, por fin lo había comprendido. “Papá, vamos fuera, quiero ver como es de verdad el mundo” Su padre la agarró con fuerza y ambos salieron de la madriguera. Mientras lo hacían Roberta ya no sentía miedo, sentía que estaba cada vez más segura y más cerca de su felicidad… y por fin iba a ver la luz.