No es posible describirla hasta que se siente. De repente unas pocas frases te hacen darte cuenta de que todos los últimos años de tu vida ahora cobran un sentido muy diferente. Te ríes de los sufrimientos absurdos y sufres mucho más por la auténtica realidad de la que acabas de ser consciente. Es entonces cuando en vez de sentir pena por ti te sientes mucho más fuerte. Comprendes que por fin estás siendo sincera contigo misma, que ahora sí de verdad llegó el momento de abrir los ojos… y te das cuenta de lo cansada que estás… y de la fuerza que tienes y que hasta ahora no intuías tener. Los dioses caen de sus pedestales y se hacen añicos antes tus pies. Los sentimientos se vuelven confusos, y necesitas estar distraída constantemente para no estar recordando una y otra vez las frases que provocaron tu abreacción.
Si para bien si para mal… pues para todo. Para mal porque tu mundo y tus ilusiones ahora no están claras y no sabes si puedes seguir así… para bien porque por fin despiertas de un letargo y sientes la paz y la calma que tanto añoraste.
Recuperas las cosas, los sentimientos que parecían haber desaparecido. Te alegras de volver a ser tú a tiempo, pero te entristeces de pensar en las cosas que creías haber conseguido y que eran reales y maravillosas, y ahora no lo son…
Pero tienes que darte cuenta de que ya eres un adulto y que a veces las cosas no son como uno quiere. No puedes seguir llorando por lo que pensabas tener, sino seguir adelante e intentar tener la vida que quieres, sabiendo que tendrás fuerza para afrontarla y encontrar tu camino.
“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces” (proverbio Persa)