Cada surco que labré pacientemente durante los años de oscuridad sigue sangrando, gota a gota, casi inapreciable pero incesante… casi de rodillas trato de aguantar las avalanchas provocadas por tus palabras que me hieren (… por mis oÃdos que me traicionan, por mis ojos que ven en las sombras como solÃan hacer…). Aún les oigo detrás… (… danzad malditos danzad, la muerte os acecha, y mientras vosotros caéis vÃctimas del miedo… yo viviré, porque sólo yo conozco los secretos de la noche…) a veces más lejos, a veces tan cerca que casi puedo notar su respiración en mi nuca… y se me eriza el bello porque veo el agujero ante mis pies, y recuerdo la caÃda constante durante aquellos años, el vacÃo, la soledad, la oscuridad… la cálida lluvia en mi interior, el olor, el tacto, las visiones… y vuelvo a aferrarme a la débil luz de la estancia intermedia que he construido y que por tanto tiempo creà que era la salvación… y me vuelvo a dar cuenta que sólo estoy cogida por varios hilos que tus manos sostienen, porque yo no alcanzo a agarrarme a ningún lugar real. Lo veo, pero no logro rozarlo ni con la punta de mis dedos, temo soltarme para intentar agarrarlo y caer, volver a caer y caer al pozo que ya conozco, al que fue mi hogar tanto tiempo, donde ansiadamente me esperan los monstruos que llevo dentro, los que con tanto esmero conseguà construir de una manera tan perfecta que logré que fuesen más fuertes que yo, la más grande de mis obras… y mi peor castigo.
“Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis,
voca me cum benedictis.
Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis. “