Y parafraseándome a mi misma dos años atrás…
Cuando al fin tomaste la mano que durante años te tendí parecía que mis sueños se habían hecho realidad. Vencí, ya nunca nadie se reiría de mí. Por fin tenía la fuerza y la valentía y sabía que lo iba a conseguir. Y lo conseguí, lo conseguí una y otra vez hasta desgastarme… hasta que en vez de tu limpio rostro te diste la vuelta y te mostraste por dentro: fría, huidiza, constante y sangrante. Me clavaste tus puñales uno a uno lentamente y bebiste de mi, y bebiste y bebiste porque tú nunca te sacias. Y yo te dejé beber porque estaba enganchada al dulce olor que emanas. Aún puedo olerlo cuando veo mis heridas, cuando lloro ante ellas delante del espejo, cuando a veces soy débil y desearía volverlas a ver sangrar… sólo para obtener el dulce placer que me dabas, la falsa felicidad efímera…
Sé que estás ahí, oculta en algún recodo, esperando tropezarte conmigo en cualquier esquina, aguardando una oportunidad… porque a ti nunca se te cierran las puertas, siempre tienes un hueco por el que mirar y así esperas pacientemente una nueva oportunidad para imponer tu dictadura.
Te arrastras por las miserias de la gente, vives de su miedo y desesperación, te haces grande con cada rechazo con cada burla. Y ahí estás en ese momento como solución y refugio, preparada con tu reluciente y hermosa manzana envenenada que después se transformará en el peor de los golpes, en la caída a los infiernos para quizás no salir…
Sigues ahí pero jamás te volveré a dejar entrar…
“y entre cada palabra y silaba pronunciada, como surco áspero al recorrer, quedaran mensajes sin descifrar… que escondan mentiras aprendidas. …”
Ahora soy yo la que se alimentará de tus miserias, y te usaré y beberé de tu sangre a mi antojo.